Era una
mañana no muy distinta a las demás, el cielo estaba claro de un azul nada
especial, los pájaros ya habían empezado su canto matutino y se respiraba a lo
lejos el aroma de un rosal. Más sin embargo en la plaza del centro yacía sobre
un banquillo algo muy particular, era de carne y hueso con un olor a despecho
que no concordaba con la homogeneidad de aquel ambiente de primavera. Escuchaba
los pasos de los traficantes indolentes de su presencia cuyo caminar entraba en
resonancia con sus latidos, era uno con el medio, aunque para el medio él no
era más que un elemento aislado. Pronto, el sonar de unas campanas lo
despertaron, se levantó de aquello que pudo haber sido fácilmente su lecho de
muerte y sin embargo nadie lo notó, no estaba acostumbrado a librar batallas
solo contra el mundo. Permaneció sentado en el banquillo mientras miraba al
infinito alternando sueños con momentos de lucidez, cerró los ojos y abrió sus
brazos en busca de alguna señal cuando escuchó caer una moneda en el suelo
junto a él y sonrió, pues no era un mendigo, aunque en ese momento si que lo
parecía y empezó a recordar.
Hacia unas
semanas había decidido marchar de su casa a recorrer el mundo, con la
tecnología podía verlo todo desde su habitación, pero tenía ganas de sentirse
vivo, respirar otros aires y buscar, aquello que había perdido y que a muchos
les cuesta admitirlo pero todos hemos buscado alguna vez. Llegó entonces a
Santa Elena, un pequeño pueblo alejado de la mano de Dios, allí emprendió una
excursión por la sabana, donde al lavarse la cara con en el agua del Aponguao, subió la mirada y entonces la
vio, aquella dama de piel canela y mente tan turbia como el mar en plena
tormenta, estaba parada sobre una piedra en lo más alto de la caída, con los brazos
abiertos como esperando un abrazo del infinito. Subió entre las piedras y se
acercó hasta la orilla, donde miró de cerca aquella figura divina que de lejos
parecía una aparición. Su cuerpo de mujer despertaba encanto pero sus orejas y
labios cerrados evitaban cualquier conversación, pronto su equilibrio falló y
resbaló cayendo, él sujetó su brazo en un heroico acto que le ahorró a la chica
una muerte segura, la llevó de prisa a la orilla donde ella no hacía más que
reír.
- “Me
hubieses dejado caer”, le dijo, asegurando que jamás se había sentido más viva.
Él incrédulo ante tal arrebato no entendía como esa hermosa mujer podría tener
un motivo para no querer vivir más y de paso venir a perder la vida en este
paraíso terrenal. Pronto entendería que la muerte es parte de la vida y se
preguntaría también qué sería de nuestro equilibrio mental si alguien nos
arrebatase ese último placer de decidir cómo y cuándo ponerle fin a la agonía
del alma. Él le dio su nombre y ella se negó a revelar el suyo, con un gesto
que hacía sospechar que ni ella misma lo sabía.
El frío de
la noche los abrazó de prisa, el había perdido para ese entonces cualquier
interés en las rutas normales de un turista, había conseguido su respuesta en
aquellos ojos color café de intriga. Caminaron sin rumbo fijo por toda la
sabana a merced de cualquier hambriento animal y pernoctaron sobre la hierba
envueltos en mantas bajo las estrellas. Era absurdo cerrar los ojos para
dormir, quién querría perderse un segundo de aquel espectáculo celestial. Pero
pronto la mañana los sorprendió dormidos entre abrazos. Al notar los rayos de
sol continuaron su camino por cuatro días hasta la cima del Roraima, mientras hablaban de la vida y
sus rarezas.
Él hacía
esfuerzos por ganarse el corazón de aquella a quien parecía haber amado en otra
vida. Ella trataba de conocerle mientras él ya entendía a fondo cada una de sus
mañas. Llegaron al Punto Triple y
observaron la inmensidad de aquella tierra dividida por el hombre en tres
partes, respiraron el aire puro de aquel precioso ecosistema y cruzaron camino
con alguno que otro excursionista. Se hacía tarde para volver, entonces se
unieron a la soledad de la noche de aquella tierra verde y cielos de neblina a
través de la cual alguna que otra estrella los miraba en la distancia, pero
esta noche la naturaleza no era el centro de su atención, entre besos y gestos
de pasión él le confesó haberla buscado por días, ella era eso que el perdió
aunque su mente lo hubiese olvidado. La llamó por su nombre y le explicó que
hasta el fin del mundo la perseguiría solo por tenerla cerca aunque ella lo
mirase como a un extraño, mientras la incrédula permaneció callada hasta que el
sueño los alcanzó. Al día siguiente él despertó y la soledad le mostró lo que
más temía, ella se había marchado.
Hacía ya
dos amaneceres que le miraba, sentado en aquel banquillo de la plaza y
aprovechaba el momento en que el cerraba sus ojos para dejarle alguna moneda o
un pedazo de pan. No concebía entender qué cosa en él llamaba tanto mi
atención, ansiaba escuchar su historia pero mis labios estaban cerrados para
preguntar. Me tomó aun más tiempo comprender que había sido yo sobre la piedra
del salto aquella mañana que él me salvó, algo sucedió luego en aquella montaña
cuando mi lucidez fue salvada también y la de él se perdió en los laberintos
inescrutables de su mente curiosa de mi. Me senté junto a él en el banquillo
antes de que mi mente perdiese la lucidez, cerré mis ojos y abrí mis brazos
esperando caer o ser salvada como la última vez, él sonrió al mirarme y
entonces nada más importó.
Gaby
Gaby