viernes, 1 de junio de 2012

Sobre la Piedra del Salto


Era una mañana no muy distinta a las demás, el cielo estaba claro de un azul nada especial, los pájaros ya habían empezado su canto matutino y se respiraba a lo lejos el aroma de un rosal. Más sin embargo en la plaza del centro yacía sobre un banquillo algo muy particular, era de carne y hueso con un olor a despecho que no concordaba con la homogeneidad de aquel ambiente de primavera. Escuchaba los pasos de los traficantes indolentes de su presencia cuyo caminar entraba en resonancia con sus latidos, era uno con el medio, aunque para el medio él no era más que un elemento aislado. Pronto, el sonar de unas campanas lo despertaron, se levantó de aquello que pudo haber sido fácilmente su lecho de muerte y sin embargo nadie lo notó, no estaba acostumbrado a librar batallas solo contra el mundo. Permaneció sentado en el banquillo mientras miraba al infinito alternando sueños con momentos de lucidez, cerró los ojos y abrió sus brazos en busca de alguna señal cuando escuchó caer una moneda en el suelo junto a él y sonrió, pues no era un mendigo, aunque en ese momento si que lo parecía y empezó a recordar.
Hacia unas semanas había decidido marchar de su casa a recorrer el mundo, con la tecnología podía verlo todo desde su habitación, pero tenía ganas de sentirse vivo, respirar otros aires y buscar, aquello que había perdido y que a muchos les cuesta admitirlo pero todos hemos buscado alguna vez. Llegó entonces a Santa Elena, un pequeño pueblo alejado de la mano de Dios, allí emprendió una excursión por la sabana, donde al lavarse la cara con en el agua del Aponguao, subió la mirada y entonces la vio, aquella dama de piel canela y mente tan turbia como el mar en plena tormenta, estaba parada sobre una piedra en lo más alto de la caída, con los brazos abiertos como esperando un abrazo del infinito. Subió entre las piedras y se acercó hasta la orilla, donde miró de cerca aquella figura divina que de lejos parecía una aparición. Su cuerpo de mujer despertaba encanto pero sus orejas y labios cerrados evitaban cualquier conversación, pronto su equilibrio falló y resbaló cayendo, él sujetó su brazo en un heroico acto que le ahorró a la chica una muerte segura, la llevó de prisa a la orilla donde ella no hacía más que reír.
- “Me hubieses dejado caer”, le dijo, asegurando que jamás se había sentido más viva. Él incrédulo ante tal arrebato no entendía como esa hermosa mujer podría tener un motivo para no querer vivir más y de paso venir a perder la vida en este paraíso terrenal. Pronto entendería que la muerte es parte de la vida y se preguntaría también qué sería de nuestro equilibrio mental si alguien nos arrebatase ese último placer de decidir cómo y cuándo ponerle fin a la agonía del alma. Él le dio su nombre y ella se negó a revelar el suyo, con un gesto que hacía sospechar que ni ella misma lo sabía. 
El frío de la noche los abrazó de prisa, el había perdido para ese entonces cualquier interés en las rutas normales de un turista, había conseguido su respuesta en aquellos ojos color café de intriga. Caminaron sin rumbo fijo por toda la sabana a merced de cualquier hambriento animal y pernoctaron sobre la hierba envueltos en mantas bajo las estrellas. Era absurdo cerrar los ojos para dormir, quién querría perderse un segundo de aquel espectáculo celestial. Pero pronto la mañana los sorprendió dormidos entre abrazos. Al notar los rayos de sol continuaron su camino por cuatro días hasta la cima del Roraima, mientras hablaban de la vida y sus rarezas.
Él hacía esfuerzos por ganarse el corazón de aquella a quien parecía haber amado en otra vida. Ella trataba de conocerle mientras él ya entendía a fondo cada una de sus mañas. Llegaron al Punto Triple y observaron la inmensidad de aquella tierra dividida por el hombre en tres partes, respiraron el aire puro de aquel precioso ecosistema y cruzaron camino con alguno que otro excursionista. Se hacía tarde para volver, entonces se unieron a la soledad de la noche de aquella tierra verde y cielos de neblina a través de la cual alguna que otra estrella los miraba en la distancia, pero esta noche la naturaleza no era el centro de su atención, entre besos y gestos de pasión él le confesó haberla buscado por días, ella era eso que el perdió aunque su mente lo hubiese olvidado. La llamó por su nombre y le explicó que hasta el fin del mundo la perseguiría solo por tenerla cerca aunque ella lo mirase como a un extraño, mientras la incrédula permaneció callada hasta que el sueño los alcanzó. Al día siguiente él despertó y la soledad le mostró lo que más temía, ella se había marchado.
Hacía ya dos amaneceres que le miraba, sentado en aquel banquillo de la plaza y aprovechaba el momento en que el cerraba sus ojos para dejarle alguna moneda o un pedazo de pan. No concebía entender qué cosa en él llamaba tanto mi atención, ansiaba escuchar su historia pero mis labios estaban cerrados para preguntar. Me tomó aun más tiempo comprender que había sido yo sobre la piedra del salto aquella mañana que él me salvó, algo sucedió luego en aquella montaña cuando mi lucidez fue salvada también y la de él se perdió en los laberintos inescrutables de su mente curiosa de mi. Me senté junto a él en el banquillo antes de que mi mente perdiese la lucidez, cerré mis ojos y abrí mis brazos esperando caer o ser salvada como la última vez, él sonrió al mirarme y entonces nada más importó.


Gaby