lunes, 7 de mayo de 2012

Cita a Ciegas

Desayunó impaciencia aquella mañana de Mayo cuando sus ojos decidieron al fin lanzarle un sí a lo desconocido. Se vistió con sus ropas más cómodas y que pudiesen resaltar a la vez sus encantos de mujer, ignorando que su más preciosa prenda no se encontraba en su armario sino en sus labios aquellas pocas veces que mostraba al mundo una sonrisa. Salió de prisa tratando de no imaginar a quien pronto conocería, había pasado tanto tiempo admirando cada parte de su remota interacción, incluso una vez soñó con su voz mientras dormía y al despertar decidió olvidarlo pues temía hacerse ilusión con aquel encuentro producto de su imaginación. Todo esto hasta hoy que había decidido al fin mirarle.
Cruzó la puerta de entrada de aquel viejo bar de poca luz, música alta y ambiente juvenil. Entonces decidió ir al tocador a mirar de nuevo su atuendo del cual se había arrepentido unas cien veces antes de al fin concluir que había sido la elección acertada y salió a enfrentar con ansias las dificultades de una primera impresión, ¡Que nervios, que indecisión!. Echó un vistazo rápido a todos en aquel lugar, mas había alguien que no se parecía al resto, una rosa roja sobre su mesa le indicó al fin que sus sospechas eran correctas, había llegado el momento de estrechar su mano amiga por primera vez. Se acercó a la mesa y sonrió sin notar que esto llenaba de esperanza los ojos de aquel desconocido.
El la miró de arriba abajo mientras ella hacía lo propio buscando no perder ningún detalle. Piel tersa, mejillas rojas como la sangre misma y labios entre abiertos, delatores de una sonrisa insegura de mostrarse. Llevaba una camisa de rayas blancas y azul cielo, que resaltaba la mirada tierna pero suspicaz y guardaba en sus ojos la calma e inmensidad del mismo mar, cuyas profundidades ella ansiaba descubrir. Una corbata no tan ajustada que hacía juego con su camisa y una barba de dos días imposible de olvidar, su cabello algo despeinado. En cierta forma le pareció sexy tal descuido.
-Siéntate, le dijo y luego pidió un trago para ahogar el silencio.
Hablaron de la vida y del amor, tan cómodamente como si de dos viejos amigos se tratase. Ella había cerrado la puerta de su corazón admitió, mientras él se colaba por la ventana y así se dejaron bañar de risas, entre copas y otras cosas, les cayó la madrugada. Luego sin notarlo yacía sinvergüenza y bandida sobre sus sábanas de algodón, complacida pues le había tocado el alma con besos mojados entre sudor y roces de aquella piel más tersa aun en sus manos, bajo sus uñas y entre sus dientes. Miró entonces dormido aquel que hacía unas horas era solo un desconocido y ahora ya la había explorado en toda su humanidad. Jugó con el vello de su pecho mientras el brazo y hombro izquierdo de él, le acunaban el descanso del placer.
Un rayo de sol se abrió camino a través de la ventana y sin piedad alumbró la cara de aquel que aun dormía. Ella despierta se apoderó de aquella camisa rayada que encontró en el suelo y que le faltaba alguno que otro botón por haber sido arrebatada de su dueño con sensual brusquedad. Caminó errante por la habitación encontrando sobre la mesa unas hojas con una historia a medio escribir, se detuvo para leerla cuando sintió unas manos ya no tan desconocidas sujetando su cintura con determinación. Trató entonces de girar su cara en busca de aquellos labios tan deliciosos de besar pero antes la camisa volvió al suelo y la pareja de nuevo al colchón. Se escucharon gritos de pasión entre esas cuatro paredes aquella mañana y el sol fue testigo de esa entrega de total sobriedad.
Ella no quería parar y el sin dudas no la dejaría ir, la rosa ya marchita los miraba desde una esquina sonreír.

Gaby