Pasada la jornada de instrucción volví a casa sin contar que aquella mirada me arrebataría la calma, soñaba entonces con su cara y le daba distintos nombres, distintos tonos a su voz. Me hacia feliz, el tener su imagen inofensiva en mi mente y añadirle cualquier atributo que yo desearía en la personalidad de aquellos labios perfectos que hacían armonía con esa espalda que a duras penas encajaba en aquel uniforme. Su recuerdo me sonreía igual de galante que su imagen real, pero a diferencia de ésta, el recordarlo me hacía sentir segura. No podía lastimarme si no estaba junto a mí, pensaba, cada vez que mi cuerpo me traicionaba y le pedía ayuda para levantar algún objeto pesado o que se yo que otra excusa para cruzar palabras con él.
Hacía ya casi un mes y aun no sabía su nombre, me mantenía alejada de sus reuniones amistosas durante el almuerzo. Me hacia la interesante caminando sola por la playa mientras él me miraba de reojo sentado junto al resto del personal. Yo a veces miraba a la pelirroja con celos mientras le movía su cabellera entre risas de manera coqueta, en mis peores pesadillas el acariciaba su rostro y besaba sus mejillas descaradas mientras yo aguardaba en la distancia a que el advirtiera su error, sin éxito. Pero aquello nunca pasaba, mi chico, que para entonces en mi imaginación ya era mi chico, había protagonizado miles de largas caminatas junto a mí, había visto el atardecer de mi mano mil y un veces y aunque aquello solo sucedía en mis sueños más preciados, él en la realidad se mostraba inmune ante los descaros de la pelirroja.
Prefería hablar de carros con el gordito de la caja, los deportivos abundaban en el estacionamiento del local. Ellos solían discutir acerca de cuál era más veloz e incluso lo escuche confesar que estaba trabajando allí para comprarse un auto. Imaginé entonces que él y yo paseábamos en su auto rojo intenso por una carretera interminable durante el atardecer, sentía el viento en mi cara y su sonrisa iluminaba aquella escena mucho más que el mismo sol.
Un día el manager, cuyo nombre marcaba la etiqueta pero que aun no me había molestado en leer, decidió que como estaba a punto de terminar las vacaciones y por ende nuestro tiempo de trabajo, debíamos hacer algún tipo de actividad recreacional. Escogimos el domingo por la tarde ya que el local cerraba a las 16:00 cuando aun había mucho sol. Planificamos un picnic en una isla cercana a la cual iríamos en motos acuáticas, sonaba divertido y quizás sería un buen momento para conocer a aquellos con los que había pasado los últimos dos meses. Seguí entonces con mis ocupaciones, era un viernes tranquilo, pensaba, mientras apilaba latas de refresco en las neveras. De repente todo se calmó más de lo normal y yo no alcanzaba a oír ni un ruido desde la trastienda, hice a un lado las latas y me levanté sin hacer ruido, había un sujeto armado vaciando la caja mientras apuntaba al gordito. ¡Qué susto! pensé al notar como el manager, la pelirroja y mi chico miraban aquello impotentes desde una esquina.
Note entonces que aquel ladrón había controlado toda la situación sin prever mi presencia en el local, se ve que aquello de no almorzar con el personal cada día podía tener sus ventajas después de todo. Tome el extintor de incendios y golpee la cabeza del malhechor con todas mis fuerzas sin pensarlo un segundo. Quedé en shock al mirar el sujeto tendido en el suelo sin movilidad, todos corrieron hacia mí para felicitar mi heroica reacción mientras yo no podía creer la tamaña estupidez recién cometida. El gordito de la caja pudo haber resultado herido como que yo no hubiera golpeado al ladrón con suficiente fuerza y a éste le diese por soltar un tiro en venganza ante mi agresión. Mil y un cosas malas pudieron haber sucedido pues ya no existen los héroes locales, me repetía a mí misma, la gente común sale herida cuando comente estupideces. Hasta la policía me felicitó, pero nada me encanto más que aquel abrazo del chico de mi mayor obsesión, duró solo un segundo pero estará presente en mi mente siempre.
Esa noche estuve hasta tarde en la delegación declarando en contra del ladrón. Todos declaramos, pero el cajero y yo debimos quedarnos más tiempo por lo que el manager nos dio el sábado libre. A la mañana siguiente había decidido ir a trabajar pese a tener permiso de faltar, no podía apartar ese abrazo de mi mente mientras mi cuerpo se levantaba, desayunaba y se desplazaba a la playa casi por inercia, una vez allí, miré como la pelirroja desayunaba sola con él en una de las mesas del local, me lo pensé mejor y caminé hacia la playa. Estuve horas y horas sentada allí mirando como las olas golpeaban con furia las rocas y estas con firmeza aguantaban los constantes ataques. Pensé que nosotros los humanos a veces somos como las rocas y nos mostramos indolentes ante los ataques externos, sin embargo luego de los años, al igual que las rocas, nos agrietamos y nos desgastamos por el lado que hemos sido golpeados. Las personas a veces también somos como las olas que insistimos en atacar sin advertir la huella que esto deja en el otro con los años. Pensaba en esto cuando sentí que alguien se sentaba junto a mí, era él.
-Pensé que tenías el día libre, me dijo mientras me regalaba una de esas sonrisas suyas dignas de un catalogo.
-Así es, le respondí, -pero no existe otro lugar donde yo quiera estar más que aquí en este momento.
Sonrió de nuevo y se quedo mirando al infinito pensando para sí por un instante. Esa tarde hablamos mucho, tanto que se nos cayó la noche encima conversando, mirándonos, sonriendo. Me acompaño a mi casa y como tantas veces lo había hecho en mis sueños, baje de su auto, que había comprado al fin la semana anterior, le di las buenas noches y me fui a la cama. Esa noche dormí como nunca y por primera vez no soñé.
Un día el manager, cuyo nombre marcaba la etiqueta pero que aun no me había molestado en leer, decidió que como estaba a punto de terminar las vacaciones y por ende nuestro tiempo de trabajo, debíamos hacer algún tipo de actividad recreacional. Escogimos el domingo por la tarde ya que el local cerraba a las 16:00 cuando aun había mucho sol. Planificamos un picnic en una isla cercana a la cual iríamos en motos acuáticas, sonaba divertido y quizás sería un buen momento para conocer a aquellos con los que había pasado los últimos dos meses. Seguí entonces con mis ocupaciones, era un viernes tranquilo, pensaba, mientras apilaba latas de refresco en las neveras. De repente todo se calmó más de lo normal y yo no alcanzaba a oír ni un ruido desde la trastienda, hice a un lado las latas y me levanté sin hacer ruido, había un sujeto armado vaciando la caja mientras apuntaba al gordito. ¡Qué susto! pensé al notar como el manager, la pelirroja y mi chico miraban aquello impotentes desde una esquina.
Note entonces que aquel ladrón había controlado toda la situación sin prever mi presencia en el local, se ve que aquello de no almorzar con el personal cada día podía tener sus ventajas después de todo. Tome el extintor de incendios y golpee la cabeza del malhechor con todas mis fuerzas sin pensarlo un segundo. Quedé en shock al mirar el sujeto tendido en el suelo sin movilidad, todos corrieron hacia mí para felicitar mi heroica reacción mientras yo no podía creer la tamaña estupidez recién cometida. El gordito de la caja pudo haber resultado herido como que yo no hubiera golpeado al ladrón con suficiente fuerza y a éste le diese por soltar un tiro en venganza ante mi agresión. Mil y un cosas malas pudieron haber sucedido pues ya no existen los héroes locales, me repetía a mí misma, la gente común sale herida cuando comente estupideces. Hasta la policía me felicitó, pero nada me encanto más que aquel abrazo del chico de mi mayor obsesión, duró solo un segundo pero estará presente en mi mente siempre.
Esa noche estuve hasta tarde en la delegación declarando en contra del ladrón. Todos declaramos, pero el cajero y yo debimos quedarnos más tiempo por lo que el manager nos dio el sábado libre. A la mañana siguiente había decidido ir a trabajar pese a tener permiso de faltar, no podía apartar ese abrazo de mi mente mientras mi cuerpo se levantaba, desayunaba y se desplazaba a la playa casi por inercia, una vez allí, miré como la pelirroja desayunaba sola con él en una de las mesas del local, me lo pensé mejor y caminé hacia la playa. Estuve horas y horas sentada allí mirando como las olas golpeaban con furia las rocas y estas con firmeza aguantaban los constantes ataques. Pensé que nosotros los humanos a veces somos como las rocas y nos mostramos indolentes ante los ataques externos, sin embargo luego de los años, al igual que las rocas, nos agrietamos y nos desgastamos por el lado que hemos sido golpeados. Las personas a veces también somos como las olas que insistimos en atacar sin advertir la huella que esto deja en el otro con los años. Pensaba en esto cuando sentí que alguien se sentaba junto a mí, era él.
-Pensé que tenías el día libre, me dijo mientras me regalaba una de esas sonrisas suyas dignas de un catalogo.
-Así es, le respondí, -pero no existe otro lugar donde yo quiera estar más que aquí en este momento.
Sonrió de nuevo y se quedo mirando al infinito pensando para sí por un instante. Esa tarde hablamos mucho, tanto que se nos cayó la noche encima conversando, mirándonos, sonriendo. Me acompaño a mi casa y como tantas veces lo había hecho en mis sueños, baje de su auto, que había comprado al fin la semana anterior, le di las buenas noches y me fui a la cama. Esa noche dormí como nunca y por primera vez no soñé.
Me levanté muy temprano esa mañana, era el domingo más esperado de la semana, así que empaqué mi más lindo bikini y ropa de playa en un bolso para usar después de trabajar. Las horas pasaron lentas aquel día y el tiempo se paraba a momentos cuando sentía sus miradas de reojo y solo podía pensar en cómo sería un roce de sus manos sobre la piel de mi cara. Se hicieron las 16:00 y tres motos acuáticas nos aguardaban en la orilla, el menú era hamburguesas y refresco, todo empacado en un bolso que llevaba el manager, quien insistió a la pelirroja que lo acompañase en la carrera, el gordito iba solo como es evidente pues un peso extra no lo ayudaría a ganar la carrera, así pues, quedamos el chico de la sonrisa hermosa y yo en la misma moto.
Pase mis manos alrededor de su cintura y sentí seguridad al atar mis brazos a su torneada figura masculina, era un sueño. Arrancamos al principio con dificultad por el romper de las olas, no podía pensar en nada aunque inconscientemente lo apretaba cada vez más, escuchaba su sonrisa cada vez que adelantábamos al manager, estuvo muy cerrada la competencia pero en contra de todo pronóstico el gordito de la caja nos ganó. Llegamos a la isla hambrientos y comimos de una vez, luego un rato al sol y otro tanto jugando con una pelota de voleibol, no se me daban los deportes pero la pase muy bien. Pronto se hizo hora de volver y alguien dijo que esta vez las chicas debíamos conducir. Al llegar a la otra orilla la pelirroja salió victoriosa aunque en aquel lugar no había otra más feliz que yo al sentir sus brazos firmes alrededor de mi cuerpo temeroso de todo contacto con él. Llegamos al local y alguien encendió la música, entre risas y bromas comenzamos a beber de un vodka que alguien había traído para compartir. Sin notarlo entonces estaba bailando con él, rozando la piel de su espalda aun mojada, dando vueltas, abrazándonos entre la música, cruzando miradas que decían lo que no nos dijimos en toda la temporada. De pronto su voz rompió el silencio y me dijo:
-Sorpréndeme, bésame ya.
Y lo besé. Como lo había hecho tantas veces en sueños, solo que esta vez era real para mí, lo sentía en cada nervio de mi cuerpo y él a su vez, era consciente del roce de mis labios tímidos. Me regaló otra sonrisa suya, tomo mi rostro con sus manos dulces y me besó, tan suave pero intenso que ni en mis mejores sueños he podido igualar la calidez de aquel primer contacto de realidad cuya línea de separación con mi imaginación era tan difusa, tan imperceptible ante mis ojos inocentes, que ya no sentía la arena entre mis pies. Estaba flotando, volando ante la presencia del amor por primera vez.
Pase mis manos alrededor de su cintura y sentí seguridad al atar mis brazos a su torneada figura masculina, era un sueño. Arrancamos al principio con dificultad por el romper de las olas, no podía pensar en nada aunque inconscientemente lo apretaba cada vez más, escuchaba su sonrisa cada vez que adelantábamos al manager, estuvo muy cerrada la competencia pero en contra de todo pronóstico el gordito de la caja nos ganó. Llegamos a la isla hambrientos y comimos de una vez, luego un rato al sol y otro tanto jugando con una pelota de voleibol, no se me daban los deportes pero la pase muy bien. Pronto se hizo hora de volver y alguien dijo que esta vez las chicas debíamos conducir. Al llegar a la otra orilla la pelirroja salió victoriosa aunque en aquel lugar no había otra más feliz que yo al sentir sus brazos firmes alrededor de mi cuerpo temeroso de todo contacto con él. Llegamos al local y alguien encendió la música, entre risas y bromas comenzamos a beber de un vodka que alguien había traído para compartir. Sin notarlo entonces estaba bailando con él, rozando la piel de su espalda aun mojada, dando vueltas, abrazándonos entre la música, cruzando miradas que decían lo que no nos dijimos en toda la temporada. De pronto su voz rompió el silencio y me dijo:
-Sorpréndeme, bésame ya.
Y lo besé. Como lo había hecho tantas veces en sueños, solo que esta vez era real para mí, lo sentía en cada nervio de mi cuerpo y él a su vez, era consciente del roce de mis labios tímidos. Me regaló otra sonrisa suya, tomo mi rostro con sus manos dulces y me besó, tan suave pero intenso que ni en mis mejores sueños he podido igualar la calidez de aquel primer contacto de realidad cuya línea de separación con mi imaginación era tan difusa, tan imperceptible ante mis ojos inocentes, que ya no sentía la arena entre mis pies. Estaba flotando, volando ante la presencia del amor por primera vez.